Hay que ver cómo nos gusta que nos regalen flores (a no ser
que sean para decorar nuestro lustroso ataúd, en cuyo caso ya no nos gusta
tanto). Y es que siempre hace ilusión que llegue un ramo bien completito a
casa, ya sea de un progenitor o progenitora, de un amigo o amiga, del padrino o
de la madrina de turno… Pero si nos lo regala un novio o un amante, soltar una
sonrisa estúpida es egocéntricamente inevitable. Ya si lo regalan ambos más que
una sonrisa lo que es inevitable es soltar una carcajada mayúscula - ¡Ay, ese
ego!-. A no ser que vivas con tu novio, en cuyo caso tampoco gusta tanto
recibir flores a gogó: es muy pesado inventarse una historieta de por qué un
tal Fulano te regala un ramo de rosas mucho más caro que el de tu novio, y por
qué el mensaje de la tarjeta no tiene ningún sentido lógico (evidentemente
tendrás un lenguaje en clave con tu amante de forma que mientras que tu novio
lee "Hoy el sol calienta tela" en realidad lo que el mensaje dice es
"Cuando te pille te voy a meter de todo menos miedo"). Por cierto, no
se me escapa la evidencia de que si te encuentras en esta situación te has
pasado por el forro uno de los grandes "NO" cuernófilos: tu amante
JAMÁS debe conocer tu dirección.
Y en estas me da a mí por reflexionar; las flores son el órgano reproductor de las plantas, por lo tanto, aquel que regala flores no
está sino regalando, por traer a colación un equivalente de lo más visual que
son los que realmente calan hondo, vaginas. Más o menos bonitas, más o menos
perfumadas, pero vaginas al fin y al cabo. Y a no ser que frecuentes Chueca sin
parar -o el armario de tu casa-, dudo que te haga especial ilusión que te
regalen un puñado de vaginas (amputadas, para más inri).
Como esta ridícula y sórdidamente macabra reflexión me sabe
a poco, doy un paso más y me pregunto: ¿a quién le pareció buena idea regalar
órganos reproductores muertos para demostrar cariño, afecto o amor? Así,
haciendo un poco de trabajo de investigación he descubierto lo que suele
descubrirse en estos casos: que no hay una puñetera única versión sobre el
origen de la puñetera costumbre de regalar puñeteras flores. Y como no me he
pegado la panzada a leer historietas en balde, siento informaros de que os vais
a fumar un breve resumen (a quien se la traiga al pairo que pase por alto el párrafo siguiente).
Lo que me ha quedado más o menos claro es que la idea de
utilizar flores para expresar sentimientos viene de Oriente Medio, y allá por
el siglo XVIII la escritora Lady Mary Wortley Montagu escribió durante su
estancia al calor turco con su marido, embajador británico en Estambul, varias cartas a sus compatriotas describiendo
al milímetro las costumbres, olores, colores y sabores de su nuevo país de
acogida ("Cartas desde Estambul", para quien quiera echarle un ojo).
En algunas de esas cartas se incluyen informaciones varias sobre los distintos
tipos de flores que se va encontrando, otorgándoles sus correspondientes significados.
La moda del lenguaje de las flores corrió como la pólvora en la Europa del Romanticismo,
especialmente en Francia, de manera que en una época en la que la sociedad se
regía por rígidos patrones y normas de comportamiento se encontró en las flores
un canal fino y elegante para decir barrabasadas con sutileza. Por ejemplo, el
acónito venía a significar algo así como "a ver si te mueres de una vez",
y las mujeres ligeritas de cascos ponían un buen ramito en la puerta de casa
cuando el marido estaba en el hogar como señal para advertir al amante del
peligro, y dejarle bien claro que ese día no tocaba retoce adúltero.
Flor del acónito
En fin, después de esta píldorita de historia de las flores
absolutamente prescindible y gratuita, y de discutible fidelidad a la realidad histórica, sigo con lo mío: desde mi nada humilde
punto de vista, eso de que regalar cosas en descomposición es un gesto
romántico es otra gran mentira del marketing. Yo particularmente soy más de
alhajas, y si su precio ronda las cuatro cifras, mejor. Y a aquel o a aquella
que me llame materialista yo le digo; Sí, tan materialista como cualquier
persona nacida en occidente, en el s. XX, y a la que le guste ducharse -por lo
que eso de ser hippie queda totalmente descartado-. Y aquel o aquella que
encaje con la descripción arriba expuesta y niegue la mayor es, sencillamente,
un cínico o una cínica.
Para finalizar, si el remitente de las vaginas muertas es un
novio u amante y no es tu cumpleaños, ni San Valentín, ni tu santo u otra fecha señalada, ni ha de
felicitarte por un logro u éxito significativo, es decir, si te las regala
porque sí: SOSPECHA, que algo habrá hecho.
Muchachería, ¡Suerte!
P.D. Ahora que has aguantado mi perolata anti-romanticismo
floral ya puedes soltar ese "Pues a mí me gusta que me regalen
flores" que lleva desde el segundo párrafo en la punta de tu lengua. Y, para
qué nos vamos a engañar, he de reconocer que en el fondo a mí un poquito también.

Cada dia me rio mas!! Que buenos son!! Felicidades!! Y QUE GRAN RAZON!
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