lunes, 26 de marzo de 2012

Cosas que NO hacer por amor


Empiezo haciendo una imprescindible puntualización, al utilizar la palabra "amor" me refiero, por si cabe alguna duda, a amor romántico de pareja.

Ahora sí, empezamos:

1. Tatuarse.

Si por mí fuera, la lista acabaría aquí pues el resto de cosas que normalmente se proclama que se hacen por amor, algunas de las cuales procederé a enumerar en un momentín, son más o menos reversibles, y hasta divertidas.

Pero tatuarse por amor es un gran error. Eso de que la técnica láser de borrado de tinta en la piel  ha avanzado muchísimo es una cochina mentira. El proceso es largo, doloroso, y costoso. Para eso, mejor casarse y divorciarse. Con suerte –y con un buen abogado- podrás quedarte con la casa, con el coche, y con una digna pensión.

Como dejar así el post de hoy es un poco pobre, voy a lanzar un poco más de morralla innecesaria al ciberespacio:

2. Casarse.

Me podéis llamar hereje, insensible, gentuza, o lo que queráis, pero eso de firmar un contrato para darle validez oficial y social a mi relación de pareja me parece una de las cosas menos románticas del mundo. Puedo entender que uno se case por dinero, por tradición, por creencias, por la fiesta… pero por amor, no. Además, por encima del concepto de matrimonio planea la idea de eternidad y, sinceramente, yo sólo soy capaz de asociar la eternidad a la muerte. Por lo tanto, practicando el juego de equivalencias que tanto me gusta, el matrimonio se me tiñe de pronto de un cierto tono funestamente fúnebre y macabro.

Aún así, es una de esas cosas que jamás censuraría, fundamentalmente porque es reversible. -Todo sea dicho, hay muy pocas cosas que censuraría en esta vida, soy de la teoría de que mientras lo que hagas no interfiera en las vidas de otros ni cause un grave perjuicio a terceros y/o a la sociedad en general… haz lo que te salga del toto (escribir coño me parece ciertamente soez)-.

3. Tener hijos.

 Una vez más podéis llamarme ser vil, cruel, o sin corazón, pero no nos engañemos, los hijos no se tienen por amor a tu pareja, se tienen por amor a uno mismo. Ya no me vale la explicación de la obligación para con la especie y las teorías perpetualistas de la raza humana; 7.000 millones de seres humanos avalan mi rechazo. Eso de tener hijos es, señoras y señores, puro ego. ¿O hay acaso una forma más perfecta de expresar nuestro egocentrismo que dar vida a un o a una mini tú para formar y moldear (con mayor o menor éxito) a tu imagen y semejanza, y al que traspasarle tus valores y tu visión del mundo?

Esto que acabo de exponer no le quita ni un gramo de legitimidad a la decisión de tener descendencia. De hecho, tener hijos –valga la vulgaridad de la expresión- mola bastante. En primer lugar, te someten a un proceso de rejuvenecimiento continuo, especialmente útil para las mujeres de mediana edad durante los años de adolescencia de los chavales pues te obligan a estar a la última en todo y, aunque sea de una forma indirecta, es un poco como volver a los 15. En segundo lugar, y aunque la explotación infantil en teoría está proscrita de las sociedades desarrolladas, si te sale un niño siempre puedes enchufarle una raqueta desde los tres años y convencerle de que el tennis es súper divertido. Con un poco de suerte te sale un Nadal y a vivir de las rentas (la raqueta se puede sustituir por un balón de fútbol, unos palos de golf, una moto, o lo que veas que al muchacho se le da más o menos bien, no te preocupes que con horas, y horas, y horas, de entrenamientos, y litros, y litros, y litros de sangre al final se convertirá en un deportista de élite y tú podrás vivir de tu duro, durísimo trabajo de manager).

Si te sale niña tienes dos opciones, o la pones a bailar ballet hasta que se le desgasten las uñas de los pies (también nos sirve la gimnasia rítmica) o, si te sale medio mona, la apuntas a una de esas agencias de niños de fotos de El Corte Inglés (nunca más tarde de los cuatro años), y de casting a casting y tiro porque me toca que lo mismo te sale una Marisol -o una Dakota Fanning, así como por cosmopolitizarnos- y puedes vivir de tu exitosísima carrera como representante (esto en realidad también puedes hacerlo en caso de que te salga un varón, mira a Joselito, o al niño del sexto sentido).

Por último no hay que descartar la vertiente musical. El modus operandi es el mismo; horas y horas de práctica y de lavamiento cerebril de manera que el pimpollo se convenza de que le apasiona su instrumento.

En definitiva, que si pones a un chaval 14 horas al día a practicar un deporte, a bailar, a hacerse fotos o salir en series de TV, o a tocar un instrumento, es legítimo, pues lo haces por convertir su tiempo de ocio en algo productivo que favorezca su desarrollo como ser humano sano y con objetivos válidos en la vida (vamos, que sólo te van a acusar de explotación si lo mandas a la mina a sacar carbón).

4. Cortarse el pelo.

Generalmente los cambios de imagen se hacen después de una ruptura, pero bueno, vamos a aceptar barco como animal acuático y a incluir también en esta lista cosas que no se deben hacer por (des)amor.

En el trayecto a la peluquería, y mientras te lo estén cortando, resonará una y otra vez en tu cabeza una voz diciendo “el pelo crece”. Nada hay más cierto, pero se te olvida un pequeño detalle, crece DESPACIO. Pasarán años hasta que vuelvas a tener esa melena, así que mejor pensárselo dos veces. Sea como fuere he de decir que cortarse el pelo es un ejercicio de lo más liberador, que potencia de manera increíble la capacidad de reinvención y de empezar de cero, y hasta puede quedar bien (si queda bien, queda muy bien). Eso sí, no te hagas un corte radical a los cuarenta, por favor. Hay determinadas cosas que tienen sus épocas y edades permitidas, ésta es una de ellas.

5. Dejarlo todo.

Dejarlo todo por amor es excitante, apasionado, y probablemente te aporte grandes satisfacciones. Pero cuidado, no hagas el típico "ahí os quedáis pringaos". Mantén tus amistades y cuida a la familia para que cuando vuelvas -porque volverás, créeme- puedas hacerlo con la cabeza alta y sin pasar por el amargo trago de pedir disculpas y aguantar los reiterados y molestísimos "te lo dije".

Recapitulando: en el fondo lo único que uno no debe hacer por amor es tatuarse. Todo lo demás, incluido escribir empalagosos poemas epistolares (con o sin perfumar), mantener eternas y ridículas conversaciones telefónicas de esas que desgastan el pabellón auditivo y la cuenta bancaria, pasar por la vicaría, tener descendencia, practicar sexo a todas horas  y en cualquier lugar, hacer regalos obscenamente caros, irse, volver, llorar amarga y desconsoladamente... No sólo se puede, sino que se debe hacer. Si no, que alguien me explique para qué carajo estamos aquí.

Dicen que la primavera la sangre altera, y es que efectivamente es la época idónea para renovarse, para permitirse vivir momentos intensamente alocados, y para dejar salir de forma creativa la energía acumulada durante el largo y duro invierno. Así que, muchachería: ¡a alterarse la sangre a lo loco! –y, cómo no, ¡SUERTE!-.




martes, 20 de marzo de 2012

De capullos muertos



Hay que ver cómo nos gusta que nos regalen flores (a no ser que sean para decorar nuestro lustroso ataúd, en cuyo caso ya no nos gusta tanto). Y es que siempre hace ilusión que llegue un ramo bien completito a casa, ya sea de un progenitor o progenitora, de un amigo o amiga, del padrino o de la madrina de turno… Pero si nos lo regala un novio o un amante, soltar una sonrisa estúpida es egocéntricamente inevitable. Ya si lo regalan ambos más que una sonrisa lo que es inevitable es soltar una carcajada mayúscula - ¡Ay, ese ego!-. A no ser que vivas con tu novio, en cuyo caso tampoco gusta tanto recibir flores a gogó: es muy pesado inventarse una historieta de por qué un tal Fulano te regala un ramo de rosas mucho más caro que el de tu novio, y por qué el mensaje de la tarjeta no tiene ningún sentido lógico (evidentemente tendrás un lenguaje en clave con tu amante de forma que mientras que tu novio lee "Hoy el sol calienta tela" en realidad lo que el mensaje dice es "Cuando te pille te voy a meter de todo menos miedo"). Por cierto, no se me escapa la evidencia de que si te encuentras en esta situación te has pasado por el forro uno de los grandes "NO" cuernófilos: tu amante JAMÁS debe conocer tu dirección.

Y en estas me da a mí por reflexionar; las flores son el órgano reproductor de las plantas, por lo tanto, aquel que regala flores no está sino regalando, por traer a colación un equivalente de lo más visual que son los que realmente calan hondo, vaginas. Más o menos bonitas, más o menos perfumadas, pero vaginas al fin y al cabo. Y a no ser que frecuentes Chueca sin parar -o el armario de tu casa-, dudo que te haga especial ilusión que te regalen un puñado de vaginas (amputadas, para más inri).

Como esta ridícula y sórdidamente macabra reflexión me sabe a poco, doy un paso más y me pregunto: ¿a quién le pareció buena idea regalar órganos reproductores muertos para demostrar cariño, afecto o amor? Así, haciendo un poco de trabajo de investigación he descubierto lo que suele descubrirse en estos casos: que no hay una puñetera única versión sobre el origen de la puñetera costumbre de regalar puñeteras flores. Y como no me he pegado la panzada a leer historietas en balde, siento informaros de que os vais a fumar un breve resumen (a quien se la traiga al pairo que pase por alto el párrafo siguiente).

Lo que me ha quedado más o menos claro es que la idea de utilizar flores para expresar sentimientos viene de Oriente Medio, y allá por el siglo XVIII la escritora Lady Mary Wortley Montagu escribió durante su estancia al calor turco con su marido, embajador británico en Estambul,  varias cartas a sus compatriotas describiendo al milímetro las costumbres, olores, colores y sabores de su nuevo país de acogida ("Cartas desde Estambul", para quien quiera echarle un ojo). En algunas de esas cartas se incluyen informaciones varias sobre los distintos tipos de flores que se va encontrando, otorgándoles sus correspondientes significados. La moda del lenguaje de las flores corrió como la pólvora en la Europa del Romanticismo, especialmente en Francia, de manera que en una época en la que la sociedad se regía por rígidos patrones y normas de comportamiento se encontró en las flores un canal fino y elegante para decir barrabasadas con sutileza. Por ejemplo, el acónito venía a significar algo así como "a ver si te mueres de una vez", y las mujeres ligeritas de cascos ponían un buen ramito en la puerta de casa cuando el marido estaba en el hogar como señal para advertir al amante del peligro, y dejarle bien claro que ese día no tocaba retoce adúltero.


Flor del acónito

En fin, después de esta píldorita de historia de las flores absolutamente prescindible y gratuita, y de discutible fidelidad a la realidad histórica, sigo con lo mío: desde mi nada humilde punto de vista, eso de que regalar cosas en descomposición es un gesto romántico es otra gran mentira del marketing. Yo particularmente soy más de alhajas, y si su precio ronda las cuatro cifras, mejor. Y a aquel o a aquella que me llame materialista yo le digo; Sí, tan materialista como cualquier persona nacida en occidente, en el s. XX, y a la que le guste ducharse -por lo que eso de ser hippie queda totalmente descartado-. Y aquel o aquella que encaje con la descripción arriba expuesta y niegue la mayor es, sencillamente, un cínico o una cínica.

Para finalizar, si el remitente de las vaginas muertas es un novio u amante y no es tu cumpleaños, ni San Valentín, ni tu santo u otra fecha señalada, ni ha de felicitarte por un logro u éxito significativo, es decir, si te las regala porque sí: SOSPECHA, que algo habrá hecho.

Muchachería, ¡Suerte!

P.D. Ahora que has aguantado mi perolata anti-romanticismo floral ya puedes soltar ese "Pues a mí me gusta que me regalen flores" que lleva desde el segundo párrafo en la punta de tu lengua. Y, para qué nos vamos a engañar, he de reconocer que en el fondo a mí un poquito también.


lunes, 12 de marzo de 2012

Cómo cazar churri y que tu ego no muera en el intento



Ser mujer es una putada, punto. El 90% del tiempo somos, hablando mal y pronto, un coñazo insufrible (hay estudios que afirman que esto es así el 99,9% del tiempo). Padecemos de una intensidad y de una complejidad emocional absolutamente prescindibles e inútilmente agotadoras, para con nosotras mismas y, obviamente, para con los demás. Estamos diseñadas genéticamente para traer retoños y perpetuar la especie, y por muy modernosas, independientes y siglo veintiuneras que seamos, en determinadas ocasiones los ovarios y las hormonas toman el control de nuestro ser y, si dejamos que se manifiesten, nos pueden llevar a hacer mucho el ridículo y a poner en grave peligro de irreversible humillación a nuestro pobre ego.

Imagínate que conoces un día a un tipo que te gusta. Tonteáis, supón que hasta os besáis (si te gusta, NUNCA, JAMÁS DE LOS JAMASES SE FOLLA ESA NOCHE). Después del tonteo y de los besos, si los hay, intercambiáis teléfonos. Pues bien: NUNCA, JAMÁS DE LOS JAMASES ESCRIBAS O LLAMES TÚ PRIMERO. Amiga, eso de la seducción y el ligoteo es un juego de estrategia como pocos, no enseñes las cartas: jamás se muestra un interés explícito hacia el contrario. A los tíos les pone conquistar, y seducir: igual que tú estás programada genéticamente para llevar un alien en tu vientre durante nueve meses, ellos lo están para buscarte y hacerte un alien. Espera a que te llame él, y si no te llama no te hagas películas, no se está haciendo el duro, ni es inseguro, ni está muy liado, no, sencillamente NO LE GUSTAS. Acepta la derrota y a otra cosa, no pierdas el tiempo.

Vamos a suponer que te llama. Bien, tiene suficientes ganas de follarte como para estar dispuesto a pagar una cena y a aguantar un par de horas de escuchar tu vida que, en ese momento de la suya te puedo asegurar que le importa una mierda. Puedes parecerle más o menos divertida, más o menos interesante, más o menos inteligente... pero no te equivoques; si te ha llamado, si estáis compartiendo esa tarta de queso, es única y exclusivamente porque quiere ponerte de verano (por no decir algo un poquito más explícito y mucho menos fino como, por ejemplo, que quiere meterse en tus bragas). Es importante no mostrarse excesivamente accesible, ni ridículamente inaccesible. Por ejemplo, si te plantea quedar a cenar el jueves, tú no estarás libre hasta el domingo.

Durante la cena habláis de muchas cosas, entre otras de ex novios y de ex novias, y de sexo. Pues bien, ya seas virgen, o seas de las que le da lo mismo chocho que ochenta, de cara a un candidato tú sólo te habrás acostado con uno (tu novio de toda la vida, por supuesto). Si ves al muchacho así como amplio de miras, entonces podrás contar que a parte de tu novio de toda la vida te acostaste con uno más, uno con el que estuviste meses saliendo pero que al final la cosa no funcionó. Los hombres no quieren a una mojigata como novia, pero mucho menos a una tía que les sepa hacer el helicóptero o que se la chupe mirándoles a los ojos.

Mantén las bragas puestas: después de la cena, NO SE FOLLA. Dejando de lado el poco práctico punto de vista femenino te lo explico para que lo entiendas: los hombres por lo general quieren de novia a una tipa, hablando en plata, poco puta. Es decir, una tía a la que le cueste meterse en la cama con alguien. Por norma general el género masculino lleva bastante regulero eso de que su mujer sea penetrada por otro (qué tontería). Y desgraciadamente, la decencia y la respetabilidad de la mujer en el mundo occidental (especialmente en España) van muy de la mano de sus hábitos sexuales. Se que acabo de abonar bien el terreno para abrir un profundo, apasionado, y encarnizado debate sobre la igualdad entre mujeres y hombres y sobre los valores morales (mejor dicho, doble moral) imperantes en la sociedad española, herencia clara y directa de épocas pasadas con tufo a rancio, a dictadura, y a cinismo... Pero paso.

En fin, si la cosa fluye y seguís quedando, el primer polvo conviene echarlo a partir de la quinta cita y el tema de esperar a que sea él quien llame o escriba, yo lo mantendría al menos durante el primer mes. Soy consciente de que esto es fácil de escribir, pero no tanto de hacer. Entiendo que una no es de piedra. Eso sí, folléis cuando folléis te pido prudencia, por favor. Muchas mujeres tienden a confundirse y a experimentar una especie de enajenación mental postcoital que les hace creer que se han enamorado profundamente del cuasi desconocido sudoroso al que están abrazadas cual koalas. No debemos olvidar que esto es transitorio, y que apenas conoces a la marmota que tienes entre tus brazos por lo que toda esa intensidad de sentimientos que tu crees que es amor no es real. Si quieres evitar que te pongan un bozal (esto puede ser literal, es decir, que te tapen la boca con lo primero que tengan a mano, o que te la tapen con un "pero cómo voy a estar yo también enamorado de ti, si no te conozco, jodía loca?!"), y ser el objeto de las más crueles bromas de tus amigas, NO TE DECLARES JAMÁS DE LOS JAMASES. Esto que en frío te parece clarísimo, te puedo asegurar que en caliente no se ve tan claro; he visto casos de mujeres brillantes que casi se quedan sin ego y sin autoestima, y sin amigas, y sin trabajo, y sin familia (giro dramático) por culpa de la enajenación mental postcoital.

Por último, si el tipo en cuestión te llama para verte pasadas las doce de la noche, abandona y búscate a otro porque este claramente considera que eres un poco golfa y, como decía mi madre: "sinceramente, para ser puta y no cobrar, mejor ser honrada" (y, yo añado, hacerse respetar).

Muchachas ¡Suerte!

lunes, 5 de marzo de 2012

De amor, química, y música.



Siempre que sale en una conversación el recurrente y socorrido tema de los cuernos y desengaños amorosos varios escucho de una mayoría femenina el mismo discurso: “Sí, sé que la gente pone cuernos, los he visto bien de cerca en amigas y amigos, hermanas y hermanos, primas y primos, madres y padres… pero yo quiero creer que a mí no me los ponen, y te puedo asegurar que yo no los pongo. Si estoy con alguien, creo en que nos amamos y nos respetamos y punto”.

Cuando oigo estas cosas no puedo evitar pensar que es un poco como decir “si, sé que Papá Noel no existe, pero yo quiero creer en que los regalos que aparecen bajo mi árbol el 25 de diciembre han sido traídos con mucho esmero y cariño por un señor gordo y con barba desde el Polo Norte”.

Y es que es verdad, qué carajo, cuando tratamos una emoción que se apodera de todos los sentidos, la racionalidad y el pragmatismo son ciertamente poco racionales y prácticos. Aunque, como aquí estamos para pinchar globos a lo loco, siento informaros de que el amor poco tiene que ver con los astros y el destino, más bien es fruto de una serie de procesos químicos, hormonales, y biológicos que se desencadenan en el cerebro y se extienden al resto de nuestra anatomía. Por lo tanto, esa idea de que todos tenemos UNA media naranja, estamos destinados a UNA sola persona, tenemos UN solo amor en la vida es, queridas mías, otra gran mentira del marketing. Hay miles de individuos ahí fuera que cumplen con las pautas anatómicas, sociales y culturales necesarias para provocar la explosión cerebral que comúnmente llamamos "amor". Mi consejo; a catar como si no hubiese un mañana.

De paso os animo a ver un documental muy interesantoso, “La química del amor”, en el que se explica en más profundidad cómo se produce este cóctel de amor explosivo. Viendo el documental inevitablemente se me ocurre una fantasiosa idea futurista: igual que existen antidepresivos y píldoras varias para casi todo... ¿Inventarán algún día una pastillita que regule nuestros niveles hormonales y que ayude a controlar, o a mitigar, la locura amorosa, algo así como una pirula contra el amor?.



De todas formas, no culpo en absoluto a esas voces que se alzan en defensa del amor y de la fidelidad. La historia de la humanidad está repleta de historias de amor contra viento y marea, desde Cleopatra y Marco Antonio y, por su puesto, su versión renovada y no menos apasionada tanto dentro como fuera de la pantalla con Elisabeth Taylor y Richard Burton como protagonistas, pasando por Shakespeare y su Romeo y Julieta, y ya en nuestros días... ¡Rihanna y Chris Brown!. Estos últimos incluyen en el repertorio zurramientos de badana, escarnios públicos, temazos despechados,  y una reconciliación que ha desembocado en las correspondientes colaboraciones musicales (birthday cake y turn up the music) que, como era de esperar, en nada se acercan a los temas escritos desde el rencor y el odio. Y es que, de toda la vida de Dios, los sentimientos más propicios para crear grandes obras de arte han sido el dolor generado por una trágica pérdida, la rabia, el despecho, y en definitiva cualquier otro que saque la negrura más oscura del alma. 

A todo esto, vamos a obviar el hecho de que todas estas historias terminaron como el rosario de la aurora -arriba la demagogia y la manipulación informativa-.

Sea como fuere, gracias al amor grandes músicos –y no tan grandes; aprovecho para lanzar un mensaje, MANÁ OS PODÉIS RETIRAR DE UNA PUTA VEZ- nos han dejado grandes canciones. Canciones que si a una se las dedican hasta le palpita levemente el corazón.

Ahí va una pequeña playlist de canciones de amor de esas que no nos molestaría que nos dedicasen

1. Girl you’ll be a woman soon (Urge Overkill).

Como guiño Tarantinófilo no cuelgo la canción original de Neil Diamond, sino la versión de Urge Overkill, aquella que bailaba una espectacular Uma Thurman en la brillantemente sórdida Pulp Fiction, justo antes de meterse una mala raya, sufrir una sobredosis y terminar apuñalada en el corazón con una jeringa por un enorme - en todos los sentidos- John Travolta.

Pero quedémonos con el rollo romántico: por lo menos cinco días al mes sí que nos gusta un poquito que nos digan que aún somos unas niñas, que cuando nos hagamos mujeres necesitaremos a un buen hombre que nos ame y nos cuide, y que tenemos a un candidato dispuesto a remover cielo y tierra por conseguirlo (pasemos por alto el aroma a pederastia que flota en la canción, por aquello de no pinchar más globos por hoy).


2. I was made for loving you (Kiss)

¿Cómo resistirse a ese riff de guitarra, y, aunque contradiga mi teoría arriba expuesta, a ese "I was made for loving you baby, you were made for loving me. I can't get enough of you, baby"?


3. Crazy Little thing called love (Queen)

Sólo una cosa superaría que te dediquen un tema de amor rockandrollero interpretado por Elvis; que te dediquen un tema de Elvis rockandrollero amoroso reinventado por Freddy Mercury. "There goes my baby, she knows how to rock and roll. She drives me crazy, she gives me hot and cold fever.". Ojo al vídeo, no tiene desperdicio.


4. Friday I'm in love (The cure)

¡Qué todos los días sean viernes!


5. Je t'aime moi non plus (Serge Gainsbourg y Jane Birkin)

No podía no incluir en esta lista al gran exponente del hedonismo sexual, y a su Birkin. Y es que la parte más importante (y divertida) del amor es, efectivamente, la pasión, el sexo, la sensualidad, el erotismo, la seducción... Y un complemento perfecto para todos ellos son los ritmos sexys y las geniales letras repletas de dobles sentidos de monsieur Gainsbourg.




Muchachas, ¡Suerte!