martes, 20 de marzo de 2012

De capullos muertos



Hay que ver cómo nos gusta que nos regalen flores (a no ser que sean para decorar nuestro lustroso ataúd, en cuyo caso ya no nos gusta tanto). Y es que siempre hace ilusión que llegue un ramo bien completito a casa, ya sea de un progenitor o progenitora, de un amigo o amiga, del padrino o de la madrina de turno… Pero si nos lo regala un novio o un amante, soltar una sonrisa estúpida es egocéntricamente inevitable. Ya si lo regalan ambos más que una sonrisa lo que es inevitable es soltar una carcajada mayúscula - ¡Ay, ese ego!-. A no ser que vivas con tu novio, en cuyo caso tampoco gusta tanto recibir flores a gogó: es muy pesado inventarse una historieta de por qué un tal Fulano te regala un ramo de rosas mucho más caro que el de tu novio, y por qué el mensaje de la tarjeta no tiene ningún sentido lógico (evidentemente tendrás un lenguaje en clave con tu amante de forma que mientras que tu novio lee "Hoy el sol calienta tela" en realidad lo que el mensaje dice es "Cuando te pille te voy a meter de todo menos miedo"). Por cierto, no se me escapa la evidencia de que si te encuentras en esta situación te has pasado por el forro uno de los grandes "NO" cuernófilos: tu amante JAMÁS debe conocer tu dirección.

Y en estas me da a mí por reflexionar; las flores son el órgano reproductor de las plantas, por lo tanto, aquel que regala flores no está sino regalando, por traer a colación un equivalente de lo más visual que son los que realmente calan hondo, vaginas. Más o menos bonitas, más o menos perfumadas, pero vaginas al fin y al cabo. Y a no ser que frecuentes Chueca sin parar -o el armario de tu casa-, dudo que te haga especial ilusión que te regalen un puñado de vaginas (amputadas, para más inri).

Como esta ridícula y sórdidamente macabra reflexión me sabe a poco, doy un paso más y me pregunto: ¿a quién le pareció buena idea regalar órganos reproductores muertos para demostrar cariño, afecto o amor? Así, haciendo un poco de trabajo de investigación he descubierto lo que suele descubrirse en estos casos: que no hay una puñetera única versión sobre el origen de la puñetera costumbre de regalar puñeteras flores. Y como no me he pegado la panzada a leer historietas en balde, siento informaros de que os vais a fumar un breve resumen (a quien se la traiga al pairo que pase por alto el párrafo siguiente).

Lo que me ha quedado más o menos claro es que la idea de utilizar flores para expresar sentimientos viene de Oriente Medio, y allá por el siglo XVIII la escritora Lady Mary Wortley Montagu escribió durante su estancia al calor turco con su marido, embajador británico en Estambul,  varias cartas a sus compatriotas describiendo al milímetro las costumbres, olores, colores y sabores de su nuevo país de acogida ("Cartas desde Estambul", para quien quiera echarle un ojo). En algunas de esas cartas se incluyen informaciones varias sobre los distintos tipos de flores que se va encontrando, otorgándoles sus correspondientes significados. La moda del lenguaje de las flores corrió como la pólvora en la Europa del Romanticismo, especialmente en Francia, de manera que en una época en la que la sociedad se regía por rígidos patrones y normas de comportamiento se encontró en las flores un canal fino y elegante para decir barrabasadas con sutileza. Por ejemplo, el acónito venía a significar algo así como "a ver si te mueres de una vez", y las mujeres ligeritas de cascos ponían un buen ramito en la puerta de casa cuando el marido estaba en el hogar como señal para advertir al amante del peligro, y dejarle bien claro que ese día no tocaba retoce adúltero.


Flor del acónito

En fin, después de esta píldorita de historia de las flores absolutamente prescindible y gratuita, y de discutible fidelidad a la realidad histórica, sigo con lo mío: desde mi nada humilde punto de vista, eso de que regalar cosas en descomposición es un gesto romántico es otra gran mentira del marketing. Yo particularmente soy más de alhajas, y si su precio ronda las cuatro cifras, mejor. Y a aquel o a aquella que me llame materialista yo le digo; Sí, tan materialista como cualquier persona nacida en occidente, en el s. XX, y a la que le guste ducharse -por lo que eso de ser hippie queda totalmente descartado-. Y aquel o aquella que encaje con la descripción arriba expuesta y niegue la mayor es, sencillamente, un cínico o una cínica.

Para finalizar, si el remitente de las vaginas muertas es un novio u amante y no es tu cumpleaños, ni San Valentín, ni tu santo u otra fecha señalada, ni ha de felicitarte por un logro u éxito significativo, es decir, si te las regala porque sí: SOSPECHA, que algo habrá hecho.

Muchachería, ¡Suerte!

P.D. Ahora que has aguantado mi perolata anti-romanticismo floral ya puedes soltar ese "Pues a mí me gusta que me regalen flores" que lleva desde el segundo párrafo en la punta de tu lengua. Y, para qué nos vamos a engañar, he de reconocer que en el fondo a mí un poquito también.


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