martes, 8 de mayo de 2012

Sórdida abstinencia



Siempre he dicho que mi palabra favorita del castellano es sórdido. No importa que uno no conozca su exacto significado, pero su esencia un tanto oscura, un tanto fuera de las normas, un tanto sexual y un tanto nociva está innegablemente impregnada en el subconsciente colectivo. Ya si acudimos a la Real Academia Española de la lengua encontramos una definición de lo más adecuada, que hace que mi favoritismo por esta palabra alcance un nivel superior: "Impuro, indecente y escandaloso".

Pero, para bien o para mal, lo sórdido satura a la vez que atrae. Y esto se debe a la fastidiosa dicotomía del ser humano: naturalmente libre, instintivo e imperfecto, y socialmente represivo, reprimido, y tendente -basto aspirante diría yo- a la divinidad. Entonces, en medio de esta terrorífica disyuntiva a la que todo ser racional llega en algún momento de su existencia me da a mi por encontrar la -posible- clave hacia un cierto equilibrio entre ser animal y ser humano: vivir una vida (o un ratito) de sórdida abstinencia. 

Para fundamentar esta potencialmente absurda sentencia que acabo de hacer acudo nuevamente a La Institución de la lengua Española, y topo con la siguiente definición de abstinencia: "Virtud que consiste en privarse total o parcialmente de satisfacer los apetitos".
Por lo tanto, haciendo un juego de equivalentes semánticos, si lo sórdido es impuro, indecente y escandaloso, y la abstinencia se entiende como una virtud... La sórdida abstinencia sería entonces algo así como una indecente virtud. 

Continúo poniendo un ejemplo de lo más carnal, para que nos entendamos. Un período de abstinencia sexual puede parecer improductivo, frustrante, y absurdo, pues es privarse de nuestra más baja, intuitiva e instintiva pasión. Pero tiene su recompensa: aquel capaz de contener sus impulsos sexuales durante un tiempo prudente disfrutará, en el momento de soltarlos, de un éxtasis sensorial realmente gratificante. Una piel que no ha sido tocada durante un tiempo por otro ser reacciona al más leve roce con el 100% de su atención. Speaking in silver, si quieres tener una experiencia sexual excepcional -con su correspondiente orgasmo, obvio-, y te importa más bien poco eso de hacer equipo en el sexo -todos hemos sufrido la innecesaria amenaza de "hasta que no te vayas tú yo no me voy"-, practica la abstinencia sexual temporal, y experimenta su posterior explosión hedonista.

Esto de la sórdida abstinencia se puede extrapolar al resto de placeres carnales. Pongo dos ejemplos tontos: el alcohol (¿hace cuánto que no disfrutas de una buena copa, y cuántas te hacen falta para llegar a un estado de embriaguez más o menos divertido?), y la comida (si eres carnívoro; abstente de comer carne roja un tiempo, ya verás que pasa cuando te lleves un buen pedazo de vaca tierna a la boca. Si eres dulcero, haz lo propio con los productos azucarados). Y un largo etcétera, tan largo como seres humanos hay en el planeta. Porque sí, el mundo está poblado por muchos millones de personas y cada persona es un mundo, es decir, cada uno de nosotros tenemos nuestros propios vicios y placeres más o menos ocultos. Pero, amigos, amigas, he ahí el -posible- equilibrio y la -posible- clave para disfrutar de la vida: privarse temporalmente de satisfacer los apetitos propios para convertir esos apetitos, llegado el momento, en auténticos manjares.

No convirtamos en rutinas lo que deben ser momentos únicos. Hagamos de la indecencia una virtud.

Eso sí, cuando se aprende a disfrutar de cada momento como si fuese el último, evidentemente, ¡a tomar por culo la abstinencia!.

En fin, quidquid latine dictum sit, altum videtur así que: memento mori, tempus fugit, carpe diem, carpe noctem, in vino veritas, y demás latinismos eruditianos gratuitos (estos dos últimos, mis favoritos), de esos que siempre colamos cuando tratamos los intemporales temas del paso del tiempo, el por qué de la existencia, la inevitabilidad de la muerte, y la obligación moral de aprovechar el tiempito que estemos aquí, y, para qué engañarnos, explotados todos ellos con el fin de hacernos los interesantes y de revestir de una cierta intelectualidad, o simplemente darle caché, finura y elegancia, a lo que estamos diciendo. 

*** Nota aclaratoria *** Si te gustan las artes, y aunque no te gusten, empápate sin medida. Si tienes a quién amar, ama como si no hubiese un mañana. Si te gusta viajar, y te lo puedes permitir, vete a dar la vuelta al mundo ya. Se trata de hacer pasar un poco de hambre a las carnes, nunca al alma.

Y, por supuesto: Muchachería, ¡suerte infinita!

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